El Gobierno consumió esta semana el último crédito político que le quedaba de cara al proceso electoral y se topó con un escenario completamente adverso. El primer gran proyecto reformista presentado por el presidente Javier Milei sufrió un desguace parlamentario, en lo que estaba previsto como el inicio de una serie de 90 iniciativas anunciadas para el año. La estrategia del todo o nada no solo le costó la eliminación de capítulos clave de la norma, sino que hizo perder al oficialismo su conexión con los aliados y parte del respaldo popular.
En cuestión de horas, la mayoría con la que contaba en el Senado se desmoronó y las alianzas, siempre frágiles, quedaron en llamas. Los gobernadores y senadores aliados cortaron el diálogo con la Casa Rosada hasta nuevo aviso, tras acusar al Gobierno de no cumplir los acuerdos pactados. “Así no se puede seguir, no cumplen nada”, expresó con resignación una senadora que hasta hace poco mantenía buena relación con el entorno libertario.
La radicalización de las posiciones dejó al oficialismo en un callejón sin salida. “La mayoría automática se terminó”, advirtió otro legislador, en señal de que desde ahora cada proyecto que ingrese al Congreso deberá ser negociado previamente y examinado por los aliados antes de su tratamiento. Las fricciones internas, la ausencia de funcionarios clave en las negociaciones y las polémicas externas terminaron por agravar una situación que deja un futuro incierto a las iniciativas que aún restan por debatir.