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Sobre llovido, mojado. A los ya complicados indicadores económicos de Argentina se sumó ayer una jornada negra en los mercados globales que terminó de derrumbar los activos financieros del país. En Wall Street se registró el peor día del año: el índice Nasdaq, que agrupa a las empresas tecnológicas, cayó un 6,5%, mientras que el S&P 500 perdió un 4,4%. En un contexto de alta turbulencia, el único activo que subió fue el oro, refugio por excelencia de los inversores nerviosos.

Con este viento de frente era imposible que los bonos argentinos en dólares resistieran el impacto. Hubo pérdidas generalizadas que dejaron sus precios en mínimos anuales, con caídas promedio del 2%, mientras que el riesgo país saltó nada menos que 78 puntos básicos en una sola rueda para cerrar en 925 puntos. El deterioro alcanza un nivel que pocos analistas hubieran imaginado hace apenas un par de meses: a principios de julio el indicador había tocado un mínimo de 400 puntos, pero desde entonces no paró de subir, y en las últimas jornadas la subida se aceleró todavía más.

Más allá del frente externo —que se muestra cada vez más hostil para los activos de riesgo—, los inversores se mantienen especialmente cautelosos ante un escenario político muy incierto de cara a las elecciones de 2027. La falta de definiciones sobre el rumbo económico futuro y la volatilidad global conspiran contra cualquier intento de estabilización, y los bonos siguen sin encontrar un piso que permita pensar en una recuperación sostenida.

El cuadro complica aún más las perspectivas para el Gobierno, que necesita de financiamiento externo y de confianza de los mercados para sostener su programa económico. Mientras la tormenta internacional no amaine y la incertidumbre electoral persista, los analistas prevén que el riesgo país seguirá bajo presión y que los activos argentinos continuarán a la deriva, a la espera de señales que restauren el apetito por el riesgo.