Buenos Aires – El reciente escándalo de las supuestas «propofest», fiestas donde se administrarían inyecciones de propofol y fentanilo a domicilio, ha puesto en el foco de atención una problemática alarmante: el consumo de estas sustancias anestésicas por parte de profesionales de la salud. La muerte de dos trabajadores del sector, el anestesiólogo Alejandro Zalazar y el enfermero Eduardo Bentancourt, ha revelado una realidad que, según especialistas, se conoce desde hace años en el ámbito médico.
Un reconocido anestesiólogo, con 15 años de experiencia en hospitales públicos y clínicas privadas de Buenos Aires, describió la situación como «horrorosa» e «interpelante». Si bien reconoció que el consumo de estas sustancias entre colegas es una realidad conocida en el rubro, calificó el nivel de frivolidad y la exposición pública de estos casos como algo inédito. «Nunca vi algo así. No con este nivel de frivolidad. Y mucho menos, con dos colegas en la Morgue», afirmó.
El propofol, un potente anestésico de acción rápida, es conocido por sus efectos sedantes y de «apagado de la cabeza», lo que podría explicar su atractivo para quienes buscan escapar de situaciones de estrés o presión. La investigación sobre estas «fiestas» clandestinas y el consumo de estas sustancias por parte de profesionales de la salud abre un debate crucial sobre las condiciones laborales, el acceso a sustancias controladas y la salud mental dentro del personal médico en Argentina.