Avellaneda, Buenos Aires – La despedida de Carlos “Indio” Solari se transformó en uno de los funerales más masivos y conmovedores que recuerde la historia argentina. Desde el domingo a las 9 de la mañana, el Polideportivo José María Gatica y sus alrededores reciben a una marea humana que forma filas de casi 10 kilómetros, con un flujo constante de unas 15.000 personas por hora que pasan frente al féretro para darle el último adiós. La organización confirmó que el velatorio se mantendrá abierto “todo lo que haga falta”, permitiendo que nadie se quede sin despedir al ídolo, en una convocatoria que superó todas las proyecciones y llamó poderosamente la atención de todo el espectro político nacional.
El evento también expuso las divisiones y los movimientos de la dirigencia. La negativa del Gobierno de Javier Milei a facilitar espacios oficiales como la Casa Rosada o el Congreso para un homenaje derivó en una negociación entre el gobernador de la provincia, Axel Kicillof, y Máximo Kirchner, que terminó definiendo la sede en Avellaneda como el lugar para esta despedida popular. Mientras los actores políticos debatían la logística y el significado de la presencia masiva, la pregunta central que surgió fue qué representaba realmente esa gente que viajó desde todo el país: no solo se despedía a un músico, sino que se hacía visible una comunidad inmensa, transgeneracional, que comparte códigos, símbolos y una forma particular de ver la realidad.
La figura del Indio y su obra reunieron a un colectivo difícil de encasillar en las estructuras tradicionales, que se define por su desconfianza hacia el poder, su sensación de falta de representación y su propia identidad construida al margen de las instituciones. Su aparición masiva ocurre en un momento clave para la Argentina actual: en pleno gobierno de Milei, con el repliegue de Cristina Kirchner y una profunda crisis interna del peronismo. La muerte del líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, que convivió una década con Parkinson y falleció tras un ACV, volvió a reunir a millones que durante años habían estado dispersos, mostrando con claridad un síntoma de una sociedad fragmentada, que busca referentes y que encontró en el arte y en esta despedida un punto de encuentro donde decir mucho más que un simple adiós.