El ala política del Gobierno, comandada por Karina Milei, le dio al Presidente aire en el Congreso después de la jornada clave en Diputados, donde el oficialismo logró evitar el quórum que la oposición buscaba para derogar el DNU 70/23. Sin embargo, esa victoria también expuso la fragilidad que persigue al mileísmo: su principal activo no es propio, sino la debilidad del peronismo, atravesado por disputas internas por el liderazgo. Las negociaciones con las provincias y la cercanía del calendario electoral condicionan cada movimiento del Ejecutivo.
“Si la alternancia es por ahí, sirve”, planteó una fuente de la mesa política que sigue de cerca los movimientos de la oposición, en particular los últimos pasos que le atribuyen a Sergio Massa. La frase resume la apuesta del Gobierno: capitalizar la crisis interna del peronismo y encarar la carrera hacia 2027 con una polarización renovada, en un escenario en el que el oficialismo busca posicionarse como la única alternativa frente a un bloque opositor fragmentado.
Con un programa económico inflexible y el relato “anti casta” desgastado después de casi dos años de gestión, en Casa Rosada apuestan a confrontar con un peronismo dividido y a agitar el temor a un eventual retorno del kirchnerismo en su versión más radicalizada. La estrategia se apoya en la idea de que la falta de un candidato único y las peleas internas en el arco opositor le permiten al Gobierno llegar a la próxima elección con chances de revalidar el poder, más allá de los resultados económicos.
El riesgo de esta apuesta es alto: depende de que la oposición no logre ordenarse y de que los aliados provinciales mantengan el respaldo que hasta ahora le permitió al Gobierno sortear los obstáculos legislativos. A medida que se acerque 2027, los gobernadores y partidos aliados tendrán más incentivos para negociar desde una posición de fuerza, lo que podría tensionar el frágil equilibrio que hoy sostiene al oficialismo. Mientras tanto, en el peronismo comienzan a aparecer señales de reorganización, y cada paso de sus referentes es observado con atención en la Casa Rosada, consciente de que su fortaleza electoral depende, en gran medida, de la debilidad del otro.