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Buenos Aires – La Argentina, históricamente reconocida mundialmente como la tierra del asado, atraviesa un cambio profundo y preocupante en sus hábitos alimentarios. Según los últimos datos difundidos por la Cámara de la Industria y Comercio de Carnes (CICCRA), el consumo de carne vacuna registró en abril una caída del 6,8% en la comparación interanual, ubicándose en apenas 46,2 kilos por habitante al año. Esta cifra representa uno de los niveles más bajos de las últimas décadas y enciende las alarmas en toda la cadena productiva, desde el campo hasta la mesa de las familias.

El fenómeno se siente con fuerza incluso en regiones como el NEA, donde el consumo de carne forma parte de la identidad cultural y social. Allí, las costumbres se han modificado notablemente: las compras son ahora más pequeñas y medidas, crece el reemplazo por proteínas más económicas como el pollo o el cerdo, y los cortes vacunos pasaron de ser la base de la alimentación a ser un consumo menos frecuente. La causa principal es la pérdida de poder adquisitivo de la población, golpeada por una inflación que erosiona los ingresos, sumada a aumentos de precios en el rubro cárnico que superan ampliamente el ritmo general de actualización de costos.

El encarecimiento de los productos cárnicos es determinante. Solo en marzo, por caso, el rubro “carnes y derivados” tuvo un incremento del 6,9% mensual, muy por encima del índice general. Los cortes más populares, como la carne picada común, la paleta o la carnaza —tradicionalmente los más elegidos por los sectores medios y trabajadores— fueron los que registraron las subas más marcadas, obligando a las familias a elegir entre reducir cantidades, dejar de comprarlos o cambiarlos por alternativas más accesibles.

Desde el sector frigorífico explican que el problema no es solo de demanda, sino también de oferta. La escasez de hacienda es consecuencia de años difíciles marcados por sequías, inundaciones y una liquidación anticipada de animales que redujo drásticamente el stock ganadero. La menor disponibilidad de ganado empuja los valores hacia arriba, cerrando un círculo vicioso: menos carne disponible a precios altos, que a su vez provoca que menos personas puedan acceder a ella, cambiando para siempre una costumbre que durante generaciones definió a la mesa argentina.