El presidente Luiz Inácio Lula da Silva afronta el balotaje del próximo 25 de octubre con una desventaja de aproximadamente 2,2 millones de sufragios respecto a Flávio Bolsonaro, quien obtuvo el 47,03% de los votos válidos en primera vuelta contra el 45,16% del mandatario. Los primeros sondeos confirman la posición favorable del candidato del Partido Liberal: Datafolha lo ubica con 52% frente al 48% de Lula, mientras que PoderData registra una brecha de 53% a 47%, por encima del margen de error. A esto se suma un antecedente histórico adverso: desde 1989, ningún postulante que haya terminado segundo en la primera vuelta logró revertir el resultado en la segunda.
La estrategia del oficialismo se apoya en tres pilares fundamentales. El primero y más decisivo es la movilización de los abstencionistas: más de 33 millones de personas, equivalentes al 21% del padrón, no concurrieron a votar, y el equipo de Lula considera que una porción significativa de ese universo puede inclinar la balanza. “Hay que convencerlos”, afirmó el presidente tras reunirse con sus aliados en Brasilia, aunque analistas advierten que ese grupo no es homogéneo ni necesariamente afín al Partido de los Trabajadores.
El segundo eje es la fidelización del Nordeste, la región donde Lula obtuvo sus mayores ventajas, y el tercero apunta a seducir al centro político con Geraldo Alckmin como figura clave. También se busca captar parte del 5% de votos en blanco o nulos, expresión de descontento con ambas opciones. La tarea es inédita en la historia democrática reciente de Brasil: revertir una diferencia en segunda vuelta que, por ahora, todos los pronósticos inclinan del lado de la oposición.