Una sucesión de indicadores adversos, revisiones a la baja y un clima financiero más tenso dibujan un escenario que el oficialismo se resiste a reconocer: el país se encamina hacia una recesión técnica. El INDEC informó que el Producto Bruto Interno retrocedió 0,6% en el segundo trimestre respecto del primero, cortando una racha de siete períodos consecutivos de crecimiento. Para que se configure oficialmente la recesión —definida por dos caídas sucesivas— bastaría un resultado negativo entre julio y septiembre, y los números disponibles hacen difícil imaginar otro desenlace.
Julio marcó el punto de inflexión: el Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) se desplomó 2,9% frente a junio, el peor registro desde abril de 2020. En la comparación interanual, la baja fue del 1,4%, con ocho de las quince actividades relevadas en terreno negativo. El comercio cayó 5,1% y la industria manufacturera 4,6%, restando conjuntamente 1,3 puntos porcentuales al resultado general. Solo la minería mostró dinamismo, con un avance del 8,4%.
Las proyecciones para el tercer trimestre no mejoran el panorama. Si bien agosto mostró una leve recuperación mensual, los analistas coinciden en que resulta insuficiente para revertir la tendencia. JP Morgan recortó su previsión de crecimiento y emitió advertencias sobre la fragilidad del escenario. En tanto, las expectativas relevadas por el propio Banco Central dan por descontada la recesión, en contraste con las declaraciones del presidente Javier Milei, que cuestiona las estadísticas y niega la contracción. La inflación, por su parte, vuelve a acercarse al 2% mensual, sumando presión sobre los hogares y la actividad económica.