Ante la inminente llegada del Santo Padre León XIV a la Argentina, cobra renovada vigencia su Carta Encíclica Magnifica Humanitas, dedicada a la custodia de la persona humana en la era de la inteligencia artificial. El documento plantea una reflexión central: la tecnología no es neutra, y su desarrollo puede convertirse en instrumento de concentración de poder o en herramienta de bien común, según quiénes definan sus rumbos y para qué fines.
El Papa advierte que la IA “tiende a aumentar sobre todo el poder de quien ya dispone de recursos económicos, competencias y acceso a los datos”, y reclama que la propiedad de esa información no quede “vendida o confiada a unos pocos”. La coincidencia entre esta postura y la visita al país, donde el Gobierno ha hecho de la desregulación tecnológica una de sus banderas, abre una tensión que invita a mirar con atención los cruces entre fe, economía y soberanía en la Argentina actual.
La encíclica propone una disyuntiva con dos metáforas bíblicas: Babel o Jerusalén. Babel representa la autosuficiencia, un modelo impuesto desde arriba, con una sola lógica, que busca prestigio y control y termina en fragmentación. Jerusalén, en cambio, es la obra colectiva: cada sector asume su parte con un propósito compartido. Trasladado a la inteligencia artificial, el dilema es claro: la tecnología puede concentrarse en manos de unos pocos que deciden por todos, o construirse de manera distribuida y responsable entre Estados, empresas, trabajadores y comunidades. La cuestión no es usarla o no, sino quién decide y para quién.