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Avellaneda, Buenos Aires – El Polideportivo José María Gatica, en pleno barrio de Villa Domínico, se transformó este domingo en el lugar donde el pueblo del rock nacional se reencontró con su historia para decirle adiós a Carlos Alberto “Indio” Solari. El escenario es estremecedor: telas negras cubren las instalaciones, una pantalla gigante muestra su nombre junto a la leyenda “1949 – ∞”, y en el centro, el cajón que materializa la ausencia del líder histórico de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Afuera, la realidad supera cualquier cálculo: una fila interminable de personas cruza la avenida Bartolomé Mitre, avanza por Sarandí y se pierde en la distancia, una marea humana que viajó desde todos los rincones del país para estar ahí, aunque nadie pueda calcular aún hasta dónde llegará el final de la cola.

Dentro del predio, el sentimiento es puro y desgarrador. Hay una alfombra formada por remeras, banderas, pañuelos y flores que los seguidores fueron dejando como ofrenda, y el llanto se escapa sin reservas: es un llanto profundo, con hipo y lágrimas que corren libres, el mismo que se hace más fuerte cuando alguien grita frases como “Gracias, Indio” o “Te amo, para siempre”. Es el momento donde la certeza de la muerte se hace irrefutable, más allá de cualquier creencia sobre su inmortalidad artística. A los 77 años, su partida física ocurrida el viernes 5 de junio se siente aquí con más fuerza que en cualquier otro lugar, aunque todos saben que su obra y su legado trascienden cualquier despedida.

Pero entre tanto dolor, la esencia de lo que él construyó aparece para sostener el momento. Hay una diferencia clara entre lo que se vive adentro y afuera: a la salida, cuando la tristeza parece pesar más, empiezan a sonar las canciones. Hay una forma de alegría que sólo pertenece a esta tribu: la que nace del canto colectivo, de saltar y corear a los gritos el saxo de “Ya nadie va a escuchar tu remera” o cualquier otro himno que brota de la memoria compartida. Porque esta despedida tiene una regla no escrita: se llora mientras se pasa frente al cajón, pero se canta mientras se camina, porque es la única forma que encontraron para dejar de llorar un rato y honrarlo como él hubiera querido: juntos, en la calle y haciendo sonar su música para siempre.