Compartir en las Redes

La reciente condena a un anestesista del Hospital Durand por maltratar a una paciente durante un parto prematuro reavivó el debate público sobre la violencia obstétrica. Sin embargo, el caso de Caro Trippar pone de manifiesto una faceta mucho menos visible: aquellas prácticas que continúan durante el puerperio, cuando el dolor y los síntomas de las mujeres son minimizados o atribuidos simplemente a la maternidad, relegando su salud por detrás del cuidado del bebé.

Durante mucho tiempo, este tipo de violencia se asoció casi exclusivamente a lo que ocurre dentro de la sala de partos. Gracias al debate social se lograron visibilizar prácticas que antes se consideraban normales: cesáreas innecesarias, intervenciones sin consentimiento, gritos, humillaciones, impedimentos para estar acompañadas o procedimientos médicos desaconsejados. Pero suponer que la violencia obstétrica comienza y termina el día del nacimiento es una forma de dejar fuera una parte fundamental del problema.

El caso expone que el trato deshumanizado, la falta de atención a los síntomas y la minimización del sufrimiento se extienden también después del parto, bajo la idea de que “así es la maternidad”. Visibilizar esta etapa es esencial para garantizar que las mujeres reciban cuidados integrales, respeto y atención médica adecuada mucho más allá del momento en que nace su hijo o hija.