“Trump no cumplió ninguna de las promesas. Pueden ser fenómenos similares porque hemos accionado de forma parecida”, admitió ante una fuente con acceso al despacho presidencial el día después de la abultada derrota del líder republicano en las elecciones legislativas de Estados Unidos. La frase resume el malestar que recorre la Casa Rosada: en la última semana, el Gobierno, atravesado por su propio desorden y las tensiones internas, siguió de cerca la sucesión de catástrofes que golpearon a varios de sus aliados en la región.
Al reciente debilitamiento legislativo de Donald Trump se suman la sorpresiva derrota de Jair Bolsonaro en la segunda vuelta en Brasil —que incluyó su fuga del país tras la remontada histórica de Lula da Silva— y la caída de Santiago Peña en Paraguay, cuya renuncia y posterior detención se produjeron en medio de la crisis del Ueno Bank con una celeridad que sorprendió a propios y extraños. “Tardó menos en irse que Adorni”, ironizó un libertario respecto al ex mandatario paraguayo.
En apenas algunas semanas, la administración libertaria pasó de la fantasía de completar el “mapa azul” de la región a la debacle de sus aliados, sin escalas. Si bien en el Gobierno diferencian los resultados electorales de la crisis política que atraviesa Peña —que sorprendió por la velocidad con la que se desató y decantó—, admiten que la sumatoria de episodios genera un clima adverso y enciende señales de alerta de cara al futuro.
Con la reelección como objetivo central, el oficialismo intenta sortear las dificultades para ordenar la interna y avanzar en la agenda legislativa, pero las diferencias con figuras como Patricia Bullrich exponen los límites de su estrategia de coalición. Aun así, los funcionarios se aferran al calendario y recuerdan que falta más de un año para los comicios locales, tiempo que esperan aprovechar para recomponer el rumbo antes de que los vientos adversos que soplan desde la región terminen de instalarse también en la Argentina.