La palabra de un joven cordobés que hoy se encuentra bajo tratamiento en una institución por su adicción al juego. Cómo empezó, el día que debió vender todo para pagar deudas y cuál fue el momento en que pidió ayuda. Además, la palabra del psiquiatra y magister en adicciones Darío Gigena Parker y la psicopedagoga y especialista en educación financiera Gabriela Totaro
La adicción al juego online cada vez atrapa más a la juventud
Hace un poco más de seis meses, el joven de 20 años que está del otro lado del teléfono tocó fondo. Tenía que vender sus cosas para pagar una deuda de 400 mil pesos por su adicción al juego. La ludopatía lo atrapó durante casi tres años. Hizo una cuenta que pondría pálido a cualquiera: en total se esfumaron de sus bolsillos, calcula, unos 10 millones de pesos.
Durante la charla, en la que confesó ese descenso al infierno, J. (será llamado así) estuvo junto a su terapeuta del Centro Las Vertientes, en Córdoba, donde trata su adicción, que lo animó a “ser sincero y contar la verdad” a pesar de sus nervios. Lo que él no quiere es que se conozca su identidad ni su rostro. Es entendible. Y explica por qué: “Con todo lo que me pasó siento inseguridad social, vergüenza, miedo, son emociones que psicológicamente me afectan”.
J. nació en un pueblo del interior provincial, es el hermano menor de cuatro y su familia se dedica al negocio agropecuario, como él. Y punto. No hablará de ellos más allá de agradecer la ayuda que le prestaron.
Su infancia, dice, fue “normal, nunca me faltó nada gracias a Dios. Mis padres se esforzaron para darme todo lo que pudieron. Me educaron con las reglas justas”. Entre esas cosas que le dieron estuvo un teléfono celular a los 13 años, la edad que recomienda la OMS (Organización Mundial de la Salud). En su pueblo estudió en un colegio privado, donde fue “un buen alumno, con notas promedio”. Al terminar marchó a Córdoba capital para estudiar Administración de Empresas. Como era el más chico de su división, aún era menor al ingresar a la facultad. Y allí comenzaron los problemas con el juego, más precisamente en el 2022, luego de la pandemia. Habrá que subrayarlo, porque el encierro —si bien no es la única causa— no fue inocente en esta proliferación de ludopatía.
En Argentina, según estadísticas del Observatorio de Adicciones y Consumos, alrededor de 19 millones de personas juegan en forma frecuente, y 7 de cada 10 son adictos. Por su parte, una encuesta de Opina Argentina indicó que el 16% de los jóvenes reconoció que realiza apuestas on line, y si se añade a los adultos el número trepa a 24%. El 39% de los encuestados señaló que habría que prohibir los juegos de azar online, y un 38% propone regularlos. El sitio *similarweb.com* señala que de los 14,6 millones de usuarios únicos en plataformas de juego online en Argentina, el 78% se registraron en sitios clandestinos, como hizo J.
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Del inicio de la adicción a la dependencia
Sus padres y familiares, asegura el joven, “nunca fueron de ir al casino o jugar a la quiniela. Jamás dejaron un peso en el juego. Pero cuando entré a la facultad se empezó a poner de moda el juego virtual. Yo veía gente que jugaba, te hablo de compañeros de facultad”.
—¿A qué jugaban?
—A la ruleta o a las maquinitas, a los slots. Era por poca plata. Entrábamos con 500 pesos y con 2000 o 3000 salíamos chochos. Así empecé. Al principio no le daba mucha bola, era por diversión. Pero después de un tiempo, unos meses, empecé a sentir la adrenalina de tratar de ganar plata fácil.
Al dinero con que jugaba J. se lo daban sus padres para vivir en Córdoba. A la facultad se la pagaban directamente ellos. Él asegura que nunca tuvo que dejar de tomar un transporte por falta de plata, pero al mismo tiempo, admite, “como no trabajaba, no me daba cuenta de lo que perdía. Siempre dicen que quien gana es el casino. Pero era poca plata, no le daba importancia. El tema es que cuando pasa el tiempo, se va el miedo a perder plata, porque te va ganando la ansiedad por ganar”.
Al poco tiempo, J. dejó la facultad. Es tajante: “No me gustaba”. Y comenzó a trabajar en el campo. A ganar su propio dinero… y a dilapidarlo en las apuestas. “Se me fueron los valores. Empecé a jugar más, y también a notar, ahora sí, que perdía plata. Me había acostumbrado a jugar en páginas ilegales, que no están licenciadas. Yo ahora no tendría problemas por la edad, pero conozco muchos menores que como no pueden entrar en los casinos legales, van a los otros”.
El círculo vicioso
Sobre el sentimiento que le provocaba ganar, hoy lo mira desde otro lugar: “Es complicado, al principio te generan una felicidad, una diversión, una emoción linda. Pero cuando ganas un monto que ya habías ganado antes, ya no te genera nada. Querés jugar más para romper esa barrera. Y el tiempo de juego también se incrementó”.
J. cuenta que muy pocas veces ingresó en el mundo de las apuestas deportivas o de los caballos, “de eso no entendía mucho, las veces que hice apuestas deportivas perdí”. Él continuaba con el casino y los slots, sobre todo. El método era sencillo: “Mensajeas a un número de WhatsApp, ellos te pasan un CBU y depositas la cantidad de plata que querés. Ellos te crean al instante un usuario y una contraseña y te pasan el link de la página. Después vos le cambiabas la contraseña y jugabas cuando querías. Si ganabas, mandabas un mensaje y les decías ‘chicos, me retiran a mi CBU tal monto’. Eso podía ser en 15 minutos, una hora, un día, dos, o lo que sea. Dependía del monto que fueras a retirar. Hay veces que, al ser casinos ilegales, nunca sabés a quién le das la plata. Capaz ganabas un millón de pesos y desaparecían…”
Fuente. InfoB