Los resultados de PISA 2025 volvieron a poner de manifiesto una debilidad estructural que la región arrastra desde hace años: una proporción demasiado amplia de estudiantes transita por el sistema escolar sin alcanzar los aprendizajes fundamentales. El retroceso se produce además en un contexto internacional desfavorable, con caídas generalizadas en múltiples países y señales especialmente preocupantes en Lectura, donde empiezan a pesar no solo los niveles de comprensión, sino también la capacidad de sostener la atención, enfrentar textos extensos y procesar información compleja.
Si bien la pandemia sigue siendo una de las causas identificadas, cinco años después ya resulta una explicación insuficiente. Los cierres prolongados dejaron secuelas que persisten, pero se suman otros fenómenos: la pérdida del hábito de lectura, el aumento del ausentismo, el tiempo que los docentes deben destinar a sostener condiciones básicas de convivencia en el aula, el impacto de las redes sociales y las nuevas tecnologías, y sobre todo la falta de continuidad en las políticas de mejora educativa. Esas recurrencias se repiten en casi todo el continente —con las excepciones casi exclusivas de Chile y Uruguay— y plantean una pregunta urgente: por qué, aun conociendo los problemas, cuesta tanto revertir los resultados.
Expertos consultados coinciden en que el déficit no se resuelve solo con más recursos, sino con la capacidad de sostener políticas estables en el tiempo, fortalecer la formación docente y adaptar los procesos de enseñanza a las nuevas formas de leer y aprender. La caída de esta edición confirma que el rezago educativo en América Latina no es un efecto pasajero, sino un problema estructural que exige cambios profundos y sostenidos, antes de que una nueva generación complete su formación sin las herramientas básicas que la escuela debería garantizar.