A 74 años del fallecimiento de Eva Perón, su figura sigue convocando debates y devoción, y su historia revela un doble ocultamiento que intentó borrarla de la memoria colectiva: no solo su cuerpo embalsamado fue trasladado en secreto por años, sino también su visión política, mucho más profunda y transformadora que la imagen de benefactora que a veces se reduce su legado. Como escribió José María Castiñeira de Dios en su poema dedicado a ella: “Yo he de volver, como el día, para que el amor no muera”, y tanto su presencia física como su pensamiento terminaron por imponerse al olvido que quisieron imponerle.
Hubo un tiempo en que su cuerpo sin nombre deambuló el mundo: viajó en camiones anónimos, permaneció oculto en desvanes y detrás de pantallas de cine, cruzó el océano para descansar en Milán bajo una lápida con el nombre de otra mujer. El odio de quienes la derrotaron la convirtió en secreto de Estado: no bastaba con vencerla, había que hacerla desaparecer del suelo que la había amado. Pero la memoria popular se mostró más fuerte: como relató Tomás Eloy Martínez en Santa Evita, dondequiera que escondían el ataúd, amanecían flores, velas encendidas y estampitas. Manos anónimas encontraban el sitio del secreto y levantaban allí un altar: la enterraban y florecía, la vencían y volvía.
De esa devoción clandestina nació el mito más dulce y también más incompleto de su figura: la Evita hada, la dama de los pobres que abría hospitales y hogares de ancianos, que declaraba que los únicos privilegiados eran los niños. Todo eso fue cierto y hermoso, pero esa imagen suaviza su impacto real: un hada no incomoda, reparte y consuela, no disputa el poder ni desafía las estructuras establecidas.
Hubo otra Eva, mucho más filosa, que la historia oficial desde la Revolución Libertadora decidió sepultar junto con su cuerpo: la dirigente que impulsó la conquista del voto femenino, que organizó políticamente a miles de mujeres dándoles un lugar en la vida pública, que desafió a los sectores de poder de su tiempo al poner a los humildes en el centro de la escena. A 74 años de su partida, su legado trasciende la caridad: es el de una mujer que transformó la política argentina y demostró que las ideas, al igual que los cuerpos amados por el pueblo, no se pueden ocultar para siempre.