Miles de usuarios de Instagram se sumaron en los últimos días a una nueva tendencia: compartir retratos generados con inteligencia artificial que los recrean con la estética de la década de 1980. Peinados voluminosos, ropa colorida, hombreras y un filtro que imita la fotografía analógica convirtieron al fenómeno en furor. Para obtener la imagen, las personas suben una foto propia a herramientas de IA y piden que adapten vestimenta, peinado e iluminación sin alterar sus rasgos faciales. Lo que muchos ignoran es que, detrás de esa imagen llamativa, se está entregando mucho más que un simple archivo.
Tomás Pomar, integrante del Observatorio de Derecho Informático Argentino (ODIA), advirtió sobre los riesgos de esta práctica aparentemente inocente: “Dejamos de saber qué pasa con la foto después de apretar ‘enviar’. Para nosotros, el proceso termina cuando recibimos la imagen de los años ochenta. Para la empresa, puede no terminar ahí”. Al subir una fotografía, no se entrega solo un archivo: se cede la propia imagen, considerada dato personal porque permite identificar a la persona con exactitud. Además, la foto puede contener información sobre otras personas, el lugar donde fue tomada, el entorno del hogar o el trabajo, documentos visibles y detalles que ni siquiera se perciben a simple vista.
El alerta es claro: al participar de tendencias que requieren cargar imágenes propias, los usuarios están facilitando material valioso que puede ser utilizado para entrenar modelos de reconocimiento facial, crear perfiles detallados o emplearse en otros fines que no se informan de manera transparente. La imagen divertida de los años 80 puede quedar en el olvido en cuestión de días, pero los datos personales entregados para generarla podrían permanecer almacenados y ser utilizados por tiempo indefinido.