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El consumo en los supermercados refleja con nitidez la pérdida de poder adquisitivo de los hogares argentinos. Durante julio de 2026, las familias realizaron un 8% más de compras que en el mismo mes del año anterior, pero el monto de cada operación fue sensiblemente menor: el ticket promedio alcanzó los $34.981, lo que representa una caída del 9,3% en términos reales. La combinación de ambos datos dibuja un cambio de hábito profundo: se va más seguido, pero se compra menos cada vez.

La fragmentación del consumo responde a la falta de liquidez para realizar adquisiciones mayores. En lugar de concentrar el abastecimiento de varios días en una sola visita, las personas vuelven al supermercado con mayor frecuencia para reponer solo lo indispensable. El «changuito cotidiano» se transforma así en una estrategia para administrar un presupuesto cada vez más ajustado, donde las compras se ajustan a la disponibilidad inmediata de efectivo y se recurre a la tarjeta de crédito para financiar incluso gastos corrientes.

El impacto sobre el comercio también es contundente: la facturación real de los supermercados cayó un 2,1% interanual, marcando la séptima baja consecutiva. En el acumulado de los primeros siete meses del año, la retracción alcanza el 2,7%. Los rubros que sostienen algún movimiento son alimentos de primera necesidad como carnes y verduras, mientras que el resto de los productos pierden participación en las góndolas y en las decisiones de compra.