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Chevy Chase, Estados Unidos – Más de dos décadas después del asesinato de Leslie Preer, una prueba biológica que ella misma logró dejar durante su lucha desesperada contra el agresor permitió resolver el caso: las células de piel que quedaron atrapadas bajo sus uñas al arañar al atacante fueron analizadas recientemente y revelaron el nombre y apellido del responsable, cerrando un misterio que se mantuvo impune durante 23 años. En sus últimos minutos de vida, Leslie forcejeó, empujó y arañó a su agresor, dejando una huella que el tiempo no borró y que finalmente le dio justicia.

El hecho ocurrió el miércoles 2 de mayo de 2001, cuando Leslie, de 49 años, se encontraba en su casa de dos pisos de la avenida Drummond, en el municipio de Montgomery. Faltaban apenas ocho días para que cumpliera 50 años, y su ausencia inusual en la oficina de la empresa de publicidad donde trabajaba, sumada a que no contestaba el teléfono, generó alerta entre sus allegados.

Su jefe, Brett Reidy, contactó a su marido Carl “Sandy” Preer —quien había dejado a Leslie en perfectas condiciones a las 7.25 de la mañana— y ambos acordaron reunirse en la vivienda. Al ingresar, encontraron decenas de manchas de sangre seca en las paredes del ingreso y la cocina, la mesa volcada y la alfombra corrida de lugar. Ante el silencio perturbador que respondió a los gritos de Carl llamando a su esposa, Reidy marcó el 911 a las 11.47, mientras el operador les pedía salir de la casa y no tocar nada para preservar las pruebas. Esa misma precaución, y la muestra que Leslie logró arrancarle a su agresor en sus instantes finales, fueron la clave para que la justicia finalmente diera con el asesino décadas después.