El Gobierno de Javier Milei atravesó un verdadero calvario en el Congreso alrededor del proyecto de Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, después de 130 días, 4 sesiones y 17 borradores desde su presentación. La Casa Rosada se convirtió en un hervidero de reuniones imprevistas, llamados cargados de tensión y discusiones internas que no disimulaban la bronca contenida, mientras el oficialismo empezaba a aceptar la caída del polémico Capítulo III que habilitaba la venta de tierras rurales a ciudadanos y empresas extranjeras. Las descoordinaciones en la estrategia política y la postura de gobernadores aliados que se manifestaron rebeldes frente a la iniciativa terminaron por complicar un escenario que ya se mostraba difícil de encauzar.
Desde el oficialismo esperaban que las críticas públicas al proyecto provinieran de figuras artísticas como Lali Espósito, Ca7riel, Dillom, La Joaqui o Nicky Nicole, pero les costó procesar que la oposición también llegara de referentes con un perfil más transversal como Tini Stoessel —la reconocida cantante y ex protagonista de Violetta— o la estrella teen Emilia Mernes. “Perdimos la guerra comunicacional”, admitió con resignación un integrante de la mesa política, mientras otro resumió la situación con crudeza: “El timing fue pésimo”.
El punto de quiebre se vivió en las oficinas de Balcarce 50, cuando un funcionario de primer nivel, con el celular en la mano y visiblemente indignado, soltó una frase que retumbó en las paredes de la planta baja: “¡Cerramos la grieta! ¡No se puede creer, esto es una cosa de locos! Listo, cerremos todo…”. El motivo de su enojo y desánimo fue una publicación de Tini Stoessel en Instagram que, según él mismo describió, “podría haber sido posteada por Cristina Kirchner”: una imagen de un paisaje argentino de montañas nevadas y pinos verdes, acompañada por la contundente frase “La Patria no se vende”, dirigida a sus 22 millones de seguidores.
El colaborador de Milei, entre la broma y la resignación, empezó a hablar del “efecto Tini” para definir el impacto comunicacional de esa publicación, que sentenció a sus ojos el resultado de la batalla: “Game over, muchachos. Nos ganaron”. El episodio terminó por exponer no solo las dificultades políticas para avanzar con la reforma, sino también una derrota en la construcción del relato que el oficialismo no había previsto al diseñar la iniciativa.