Franco Colapinto respira automovilismo. Vive por y para este deporte que ama con locura, desde aquellos días en que siendo un niño concurría a la biblioteca de su colegio en Pilar para buscar libros sobre la vida de Juan Manuel Fangio. Su corazón late con fuerza cada vez que se sube a un monoplaza de Fórmula 1: es puro sentimiento, pasión en estado puro. Por eso, este domingo en Monza sabía que estaba para más, y al cruzar la meta no pudo contener las lágrimas que expresaban cuánto le quedó por dar.
En el Autódromo Nacional de Monza, el piloto argentino de 23 años contó con ocho mejoras aerodinámicas en su Alpine A526 que le dieron un salto de calidad al automóvil. Igualó su mejor clasificación del año —el octavo puesto alcanzado en Miami— y desde la séptima posición de largada llegó a pelear entre los primeros, demostrando que el potencial del auto y su talento personal daban para algo más que el noveno lugar que finalmente registró.
El resultado final no refleja todo lo que podía lograr, y esa frustración nacida de la exigencia consigo mismo fue lo que lo conmovió al término de la carrera. Sin embargo, más allá del despiste que lo obligó a remontar desde atrás, Colapinto volvió a mostrar carácter, capacidad de reacción y coraje para recuperarse, adelantar rivales y sumar puntos por séptima carrera consecutiva. Las lágrimas no fueron de derrota, sino de un corazón que sabe que podía llegar más lejos y que empuja siempre al límite.