A días de conmemorarse el Día Mundial del Agua Subterránea, especialistas advierten que los acuíferos del Nordeste argentino constituyen un pilar estratégico para el consumo, la ganadería y la agricultura de la región, aunque su protección sigue siendo fragmentada, con monitoreo insuficiente y controles desiguales entre las provincias. Debajo del suelo de Chaco, Corrientes, Formosa y Misiones corre un recurso que rara vez se ve, pero que en vastas zonas —especialmente parajes rurales, escuelas, puestos sanitarios y viviendas aisladas— suele ser la única fuente disponible.
La invisibilidad del agua subterránea juega muchas veces en contra de su cuidado, pero su función es decisiva: funciona como una reserva estable frente a sequías, bajantes y fallas en las redes de distribución. En el oeste chaqueño y formoseño, donde el agua superficial es escasa e irregular, ese respaldo subterráneo resulta indispensable. Incluso en Corrientes y Misiones, con lluvias más abundantes, los acuíferos cumplen un rol clave cuando una fuente se contamina o se agota de forma localizada.
Sin embargo, la calidad no puede darse por garantizada. Los nitratos —provenientes de pozos ciegos, corrales, feedlots o el uso intensivo de fertilizantes— representan un riesgo particular para la salud infantil. A ello se suma la presencia natural de arsénico en ciertos acuíferos, asociado a enfermedades crónicas por exposición prolongada. Que el agua provenga del subsuelo no significa, entonces, que sea automáticamente apta para el consumo: requiere análisis periódicos, controles que hoy resultan insuficientes y una coordinación entre jurisdicciones que todavía está pendiente.