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El robo motochorro, a simple vista, suele ser una cosa solitaria: un delincuente ataca y se va, a veces acompañado de un colega, rara vez con un gran planeamiento o una emboscada. Son arrebatos furtivos, van por poco y huyen. Pero no en este caso. En los últimos días, la Justicia agravó la acusación contra una banda integrada por al menos doce sospechosos, a quienes señalan por integrar una asociación ilícita que cometió siete robos comando entre comienzos de marzo y fines de mayo de este año en zonas como Saavedra y Villa del Parque, en la Ciudad de Buenos Aires.

La banda sabía dónde golpear: iba directo al efectivo. La inteligencia previa era notable. Los golpes —cometidos con dos motos a la vez, junto a varios autos de apoyo— eran una mezcla de salideras a víctimas en torno a financieras y falsas operaciones de cambio. El botín era siempre en efectivo, y el saldo global de sus ataques es también notable: más de 122 millones de pesos en efectivo.

Uno creería que una banda tan eficiente no dejaría cabos sueltos. Tampoco es el caso. El experimentado fiscal Andrés Madrea, un histórico del Ministerio Público Fiscal, llegó a sus identidades gracias al rastro de sus propias motos, con sus patentes y papeles, en medio de un intenso relevamiento de cámaras de seguridad por toda la ciudad. Las redes sociales hicieron el resto, permitiendo a los investigadores reconstruir los vínculos entre los integrantes de la organización.

La causa, que se tramita por asociación ilícita y robo agravado, incluye además una larga lista de antecedentes de uno de los miembros de la banda, que ya había pasado por la justicia por delitos similares. Los investigadores continúan trabajando para dar con todos los integrantes de la organización y recuperar parte del botín, en uno de los casos de robos con moto más importantes de los últimos años en la ciudad de Buenos Aires.