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Buenos Aires – En la Casa Rosada reina un clima de gran optimismo y expectativa ante la posibilidad, que consideran casi un hecho, de que el Papa León XIV visite la Argentina antes de que finalice el año. El canciller Pablo Quirno expresó su alegría y celebró la noticia en redes sociales incluso antes de contar con una confirmación oficial desde el Vaticano. Las autoridades están convencidas de que la llegada del Sumo Pontífice será un acontecimiento plenamente favorable para la gestión, una oportunidad para mejorar el vínculo institucional con la Conferencia Episcopal y un respaldo simbólico que consideran una ganancia política segura, más aún tras los últimos indicadores económicos que marcaron una baja en los índices de pobreza.

La confianza oficial se mantiene intacta a pesar de las diferencias ideológicas y los antecedentes de tensión con la Iglesia. Funcionarios de alto nivel aseguran que “no hay forma, jamás” de que la visita tenga puntos oscuros o comentarios que puedan interpretarse como críticas al presidente Javier Milei. Esta postura se sostiene incluso teniendo en cuenta que León XIV —nacido en Chicago y formado en Perú— mantuvo una estrecha cercanía con su predecesor, Francisco, a quien llegó a conocer en Buenos Aires, y que el actual Gobierno ha mostrado un perfil de derecha marcado y una afinidad extrema con el expresidente de Estados Unidos, Donald Trump. Tampoco consideran un obstáculo las polémicas declaraciones pasadas del líder del oficialismo, que en su momento se refirió al Papa Francisco como “el maligno en la tierra”, aunque posteriormente presentó sus disculpas.

Desde la oposición, en cambio, la lectura es distinta y genera alertas en el entorno gubernamental. En las filas del peronismo dan por hecho que León XIV mantendrá una postura de absoluta independencia y que sus mensajes estarán guiados por su perfil de “puente” entre culturas y visiones, centrado en la doctrina social de la Iglesia. En el oficialismo siguen confiados en que la visita transcurra sin sobresaltos y se transforme en un hito que fortalezca su imagen pública, mientras monitorean cualquier posible jugada política de sus rivales que intente capitalizar o interpretar los gestos y palabras del Pontífice en un sentido diferente al esperado por el Gobierno.