Hace 80 años, los nazis irrumpieron en la “casa de atrás”, donde la joven permanecía escondida junto a su familia y otras personas. Un polémico libro reavivó la controversia sobre lo ocurrido con la autora del icónico diario, emblema de la resistencia contra la barbarie del Tercer Reich
Ana Frank. El 4 de agosto de 1944, hace 80 años, los nazis la detuvieron junto a su familia
La pregunta, que todavía no tiene una respuesta clara y precisa, es quién fue. Casi no importa ya el por qué, porque en aquellos años, los de la dominación nazi en Holanda, una información por leve que fuera, era una garantía de vida para quien la daba.
¿Quién delató a Ana Frank y selló así su destino de muchachita que había pasado de la niñez a la adolescencia metida durante más de dos años en una especie de pozo conocido como “la casa de atrás” del edificio del 263 de la calle Prinsengracht 263 de Ámsterdam?
Allí funcionaba la empresa de Otto Frank, casado con Edit y padres de Margot y Ana. Un negocio en la planta baja, dedicado a la comercialización de especias, con oficinas y empleados en la planta alta y nada más. O casi nada más. En la parte trasera del edificio había otra “casa”, secreta, a la que se accedía por una puerta trampa oculta detrás de una inocente estantería con bisagras. Además de los cuatro miembros de la familia Frank, allí se ocultaban también tres integrantes de la familia Van Pels, Hermann, su mujer Auguste y su hijo Peter, más el dentista Fritz Pfeffe, ocho personas en total. Todos pretendieron burlar la fiereza nazi contra los judíos holandeses, el destino seguro de la deportación y el envío a los campos de concentración, a la muerte segura, aún cuando ya soplaban vientos de derrota para la Alemania nazi.
El 4 de agosto de 1944, hace ochenta años, a las diez y media de la mañana, el oficial de las SS Karl Silberbauer y un grupo de oficiales nazis entraron en el almacén de los Frank quienes, para las apariencias, habían viajado al exterior. Los nazis hablaron con el empleado Willem van Maaren que les señaló la planta alta, donde trabajan los oficinistas. No hay prueba alguna de que van Maaren haya sabido que existía una “casa de atrás” y mucho menos que en ella viviera gente oculta, que permanecía quieta y casi inmóvil durante el día, sin usar el baño para no despertar sospechas, y empezaba a vivir por la tarde noche, cuando el almacén cerraba sus puertas.
Los Frank y compañía tenían quién los protegía. Miep Gies, una de las directoras administrativas de la empresa, que conocía a Otto Frank desde 1943, Víctor Kugler, otro de los empleados de confianza de Frank y directivo de la empresa y Johannes Kleiman, también directivo, habían arriesgado sus vidas durante dos años proveyendo de ropa y comida a los “escondidos”. Para los “escondidos” ellos eran sus protectores. Miep Gies diría después que aquel 4 de agosto uno de los oficiales nazis entró en su oficina, pistola en mano, y le apuntó a la cabeza. El resto fue a la oficina de Kugler para interrogarlo y para recorrer con él el edificio. Cuando llegaron a la habitación con la estantería trampa, muy bien oculta, la descubrieron de inmediato. Como si hubiesen estado alertados.
Fuente: InfoB
