Jonathan Ariel Castillo jugaba en las inferiores de Independiente. Luego de deslumbrar, una temporada en el banco y un amor que lo abandonó y reapareció con una hija lo frustraron. Abandonó el deporte y comenzó a consumir drogas y a delinquir. En su peor momento pidió ayuda en el Sedronar y se internó en la Fundación Creer es Crear. Hoy, a los 38 años, la vida le dio revancha

Jonathan Ariel Castillo con Ricardo Enrique Bochini, cuando jugaba en las inferiores de Independiente

La noche anterior a comenzar su rehabilitación, Jonathan Ariel Castillo se encerró en una habitación a tomar droga y a llorar. Estaba convencido de que debía cambiar: supo que había tocado fondo en los días que vivió bajo un puente en una zona peligrosa de Quilmes. Pero la adicción se negaba a soltarlo. “Me fui de mi casa por estar cerca del consumo de los narcos. Llegué a vender droga y a manejar un búnker”, cuenta hoy sobre aquella etapa ominosa, cuando la línea entre vivir y morir se había angostado hasta casi desaparecer. Su estado físico estaba en ruinas. “Consumía 24 por 7, la pasta base ya no me hacía nada”, relata sobre aquel demonio que manejaba sus horas. “Estaba en la perdición total, habré llegado a pesar 40 kilos, 15 o 20 menos que hoy. Tenía todas las manos ampolladas, la boca y la cara quemadas”, indica. Y añade: “Llegué a un punto en que ya ni volvía a mi casa, mi familia no supo nada de mí por mucho tiempo. Para conocer mi paradero me buscaban en las comisarías y en la morgue”.

Hoy, su vida pasa lejos de aquel puente. Hizo un proceso de recuperación en la Fundación “Creer es Crear”, está en la última fase de su tratamiento y sueña con graduarse como operador socioterapéutico. Retomó sus estudios secundarios,reconstruyó la relación con su familiay puso el foco en mantenerse sobrio y transmitir su experiencia para ayudar a otros. “Ahora pago el boleto del tren, del colectivo. Hoy lo hago todo por derecha, nada por izquierda”. Jonathan encontró una nueva oportunidad en la vida. Pero hasta llegar aquí dejó jirones en el camino.

Un camino lleno de piedras

“Yo nací en La Boca, vivía con mis papás y mis abuelos en un conventillo, pero a los seis años mi padre compró una casa en la provincia, San Francisco Solano, en Quilmes”, relata. La familia se trasladó a una villa conocida como “El Arroyo de las Piedras”, un lugar que él recuerda como conflictivo y vulnerable. “Ahí no entraba nadie, ni la policía”, comenta sobre lo peligroso que era aquel barrio. Para peor, las constantes inundaciones hacían la vida aún más complicada: “Cada vez que llovía, se inundaba más o menos un metro, metro y medio”.

Uno de los recuerdos más impactantes de su infancia fue el día en que uno de sus hermanos casi muere. “Lo encontré en el agua, con la mitad de su cuerpo dentro y las patitas arriba”. La escena fue traumática, pero milagrosamente el hermano sobrevivió en el hospital de Quilmes. “Fue un milagro de Dios”, señala.

Otra de las experiencias difíciles que vivió la familia fue la estafa que sufrió su padre. Había comprado un terreno y un taller junto a un socio en el centro de Solano Centro. Pero lo traicionaron. “Lo estafó, le sacó el terreno y un taller. Perdió todo ahí”, dice sobre el golpe económico que marcó un antes y un después para su familia, que los obligó a mudarse a la casa de una tía para poder salir adelante. “Ella tenía un terreno grande, de 60 metros por 20, y la mitad se la dió a mi papá. Él, como pudo, construyó algo. Dormíamos todos en una pieza muy grande, pero vivíamos juntos”.

Más adelante, su madre pudo pagar un lote en el barrio La Matera, un lugar difícil para crecer. “Al lugar le dicen ‘Walking Dead’, es el mundo de los muertos, porque está todo el consumo problemático ahí. Después, durante el gobierno de Néstor Kirchner, se hicieron viviendas, unos chalets de tres ambientes, con cocina, y viven ahí desde hace como 20 años”.Hoy, después de la oscuridad, Jonathan rodeado por sus hijos, algunos de sus hermanos y sus padres

Jonathan es el mayor de sus hermanos. Hijo de Bienvenido Carlos Castillo Ramos, un inmigrante paraguayo que llegó de niño a la Argentina, y de Mirta Zulema Ibáñez. “Mis viejos llevan más de 42 años casados”, cuenta con orgullo. Su familia, dice, siempre priorizó la educación y el deporte para que sus hijos salieran adelante. “Mi papá siempre me inculcó lo que era la escuela y el deporte. A los cinco años ya jugaba al fútbol con chicos de siete”, relata Jonathan, que asomaba como un pichón de crack.

La vida de sus hermanos siguió el sendero recto que les marcaron sus padres. Todos son profesionales. Eso a Jonathan lo pone orgulloso: “Uno es profesor de historia, otro está estudiando tecnicatura en psicopedagogía, hay un hermano que es farmacéutico y otro se especializó como técnico industrial, gasista y electricista”. Él reconoce que fue “la oveja negra” de la familia, pero destaca que sus hermanos fueron una red de apoyo clave en su proceso de recuperación.

Fuente: InfoB

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