César Morán de la Cruz, conocido como “El Loco César”, es considerado uno de los jefes del narcotráfico más feroces y temidos de Argentina, aunque su nombre no suele aparecer en los titulares con la misma frecuencia que otros capos del interior. Su descripción más elocuente proviene de quienes lo conocen: “mata por gusto”, una definición que resume su crueldad y el respeto que impone por puro terror. Lo más inquietante de su historia es que lleva más de dos décadas manteniendo su dominio absoluto sobre la Villa 31, en pleno barrio de Retiro, a pocos minutos del Obelisco, y lo hace desde hace catorce años tras las rejas.
Preso desde 2012, ninguna cárcel logró frenarlo. Fue trasladado a Marcos Paz, al norte del país en Chaco, al sur en Rawson y pasó largos años en Devoto. Hoy permanece en la cárcel de Ezeiza bajo el Sistema de Alto Riesgo, con aislamiento riguroso, control estricto de comunicaciones y monitoreo tecnológico permanente. Sin embargo, la investigación demostró que eludió todos los controles: impartía órdenes a su red criminal a través de llamadas con sus abogados, amparándose en su derecho a la defensa. El reciente megaoperativo de la Policía Federal, en el que detuvieron a su principal lugarteniente “Jhimy” y al jefe sicario “El Mecánico”, confirma que su organización sigue operando con él al mando.
Mientras mantenía en funcionamiento su imperio narco desde la celda, “El Loco César” desplegaba una estrategia paralela ante los tribunales: en los últimos meses presentó varios habeas corpus ante el Juzgado Federal N.º 1 de Lomas de Zamora, a cargo del juez Federico Villena, para exigir que le adelanten turnos médicos de especialidades variadas: odontología, neurología, cardiología, otorrinolaringología y kinesiología. Una serie de pedidos que despertó sospechas sobre si buscaba real atención sanitaria o aprovechar las salidas y traslados para seguir moviendo sus hilos fuera de la prisión.