Investigaciones advierten que el 90% de los datos se transmiten a servidores en China, disparando preocupaciones sobre filtración de información sensible.

La creciente sofisticación tecnológica en la industria automotriz ha colocado a los automóviles conectados en el centro de una disputa estratégica entre China, Europa y Estados Unidos, donde el verdadero desafío no son los aranceles, sino las estrictas restricciones a la conectividad que buscan salvaguardar la seguridad cibernética nacional.

Estas políticas, diseñadas por Washington, no solo impiden la entrada de componentes críticos chinos en el mercado estadounidense, sino que, al mismo tiempo, reconfiguran las alianzas industriales y refuerzan el control estadounidense sobre la evolución de los vehículos del futuro, según informó el Financial Times.

En Estados Unidos, los fabricantes de automóviles pueden emplear materiales como plástico y vidrio producidos en China para ensamblar vehículos, pero se les prohíbe utilizar chips de comunicaciones o software de conducción autónoma de origen chino. Las preocupaciones no provienen del coste ni de la competitividad, sino de la posibilidad cierta de que los sistemas chinos representen una amenaza para la privacidad y la seguridad nacional.