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Pietro Puzone fue una de las promesas surgidas de las divisiones inferiores del Napoli en la década de 1980 y compartió vestuario con Diego Maradona, a quien se refería como su gran amigo. Participó en la Copa Italia de la temporada 1986/87, la misma en que el club conquistó su primer Scudetto, pero los excesos y las adicciones le cortaron la carrera de forma prematura: se retiró a los 27 años y, con el paso del tiempo, quedó en situación de calle. Recientemente, una imagen suya acostado en grave estado en un banco de la plaza de Acerra, a 14 kilómetros de Nápoles, disparó las alarmas y recorrió los medios de todo el continente.

El exfutbolista de 63 años fue hospitalizado con heridas profundas en piernas y brazos, en condición crítica: “estuvo a punto de morir otra vez”, según informó el diario Gazzetta dello Sport. Su deterioro salió a la luz pública durante la pandemia de COVID-19, cuando en junio de 2020 el locutor Gianni Simioli denunció que vivía en “condición inhumana”, durmiendo en bancos y sin atención. Las autoridades locales señalaron que habían intentado ayudarlo, pero que los tratamientos por adicciones no prosperaron. “Si sus antiguos compañeros lo hicieran sentir importante, podría ser un buen estímulo”, declaró por entonces el intendente Raffaele Lettiere.

Sus excompañeros no ocultaron el dolor por su suerte. Giuseppe Bruscolotti, histórico capitán del equipo, lo definió como “un hermano menor” y expresó tristeza profunda al verlo en esa situación. La historia de Puzone se convirtió en un símbolo de cuán frágil puede ser la vida de quienes brillan en el deporte y luego quedan sin contención, reavivando el debate sobre el acompañamiento que reciben los deportistas tras el retiro y las secuelas de las adicciones.