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Buenos Aires – Hay derrotas que dejan más orgullo que muchas victorias. La caída ante España en la final del Mundial 2026 impidió el bicampeonato, pero no borró el recorrido que volvió a unir a todo el país: la Albiceleste demostró una vez más que la camiseta no pertenece a ninguna gestión política, sino al pueblo que la lleva en el corazón desde hace décadas.

El torneo reactivó una carga simbólica que atraviesa generaciones: igual que en 1986, el partido contra Inglaterra volvió a ser mucho más que un encuentro deportivo. Fue la reafirmación de una identidad que se expresa sin pedir permiso, más allá de advertencias, prohibiciones o intereses ajenos a la gente.

El gesto que quedó grabado para siempre fue la bandera hecha con una sábana de hotel, con la leyenda “Las Malvinas son argentinas”, que los propios jugadores desplegaron tras ganar la semifinal. Atravesó controles, protocolos de la FIFA y toda la maquinaria del marketing deportivo para convertirse en el símbolo más poderoso del certamen: una expresión espontánea, nacida desde abajo, que recuerda una causa que sigue uniendo a la inmensa mayoría de los argentinos.

En tiempos donde casi todo parece diseñado para vender o representar intereses particulares, la Selección volvió a ser ese espacio único donde el país se reconoce a sí mismo. Y esa es la verdadera victoria que nadie puede quitarle.